Un Corazón ardiente, llagado y crucificado

Redacción (Lunes, 10-06-2013, Gaudium Press) En un monasterio en Francia a orillas del apacible rio Bourbince, una humilde hermana de la Visitación escuchó en un éxtasis estas ardientes palabras del Divino Maestro: “Mi Divino Corazón se encuentra tan repleto de amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo contener más las llamaradas de su ardiente caridad, se siente forzado a difundirlas por tu intermedio”. Fue ésta, la primera de las cuatro principales revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María Alacoque hace 430 años, la primera en la que pudo sopesar verdaderamente la misión para la cual la Divina Providencia la había destinado: ser Heraldo de aquel Corazón que tanto amó a los hombres y que por ellos es tan poco amado.

1.jpgEn esta misma aparición nuestro Señor la invita a ocupar el lugar de San Juan en la Última Cena, colocando el oído en su pecho sacratísimo para escuchar en los latidos armónicos y cadenciados del Sagrado Corazón sus infinitos designios, dice ella: “Jesús me hizo reposar largamente sobre su pecho, desvendándome las maravillas de su amor y los insondables secretos de su Sagrado Corazón”
A inicios del año 1674 Jesús se aparece de nuevo a Santa Margarita y en esta ocasión le muestra su Corazón, que ella describe así: “Ese Divino Corazón me fue presentado como sobre un trono de llamas más resplandeciente que un sol y transparente como un cristal, con la llaga adorable bien visible, y todo él circundado por una corona de espinas significando las heridas que nuestros pecados le infringían. En la parte de arriba estaba una cruz, dando a entender que ella había sido plantada en él desde el primer instante en que fue formado (en las entrañas inmaculadas de María)”. Margarita, arrebatada de fervor, le manifiesta la necesidad de reproducir en imagen la figura de su Corazón ardiente, llagado y crucificado. Nuestro Señor asiente y así mismo llena de privilegios, gracias y bendiciones, todos los lugares en donde esta imagen se venere. Además le reitera a la futura Santa el entrañable deseo de ser amado por los hombres y de manifestar al mundo los tesoros insondables de su amor, de su misericordia y de su gracia, que repartiría con profusión a aquellos que con espíritu humilde lo busquen, amen y glorifiquen.

El amor del Corazón de Jesús

En torno a la fiesta de Corpus Christi se da la tercera aparición. Esta es la más pungente de todas pues Jesús se muestra como receptáculo de ingratitudes por parte de los hombres, a pesar de que tanto los amó, que dio su vida por ellos. Dice a Santa Margarita: “Esa ingratitud me es más penosa que todos los sufrimientos que padecí en mi Pasión. Si en algo me retribuyesen ese amor, Yo tomaría como poco todo lo que hice por los hombres, y estaría dispuesto a hacer más aún, si fuese posible. En ellos, entre tanto, sólo encuentro frialdades y rechazos delante de mis desvelos y bondades”. Tanto es su amor hacia nosotros que sería capaz de sufrir nuevamente la Pasión, si fuese necesario, para rescatar a la humanidad caída, mas, de ella sólo recibe ignominia cómo respuesta. ¡Quién nos diera ser el consuelo de Jesús en estos momentos! Ser otro Cirineo en el Vía Crucis que Él mismo cruza actualmente, haciendo nuestro corazón semejante al suyo, aceptando con verdadera alegría cristiana los pequeños sacrificios de nuestra vida cotidiana y asociándolos a los méritos infinitos de su Pasión.

La Gran Revelación

2.jpgLa Gran Revelación tiene lugar entre los días 13 y 20 de junio del año 1675. De todas las apariciones, es ésta la más importante, pues en ella muestra el Señor los deseos más profundos de su Santo Corazón. Estando Margarita en la capilla del monasterio, delante del Santísimo Sacramento expuesto, se le apareció Jesús, y mostrándole su Divino Corazón le dijo: “He aquí el corazón que tanto amó a los hombres, no ahorrando nada hasta agotarse y consumirse para testimoniarles su amor. En reconocimiento, sólo recibo ingratitudes de la mayor parte: por sus irreverencias y sacrilegios, por las frialdades y desprecios que ellos tienen por Mí en este Sacramento de mi amor. Por esto te pido que el primer viernes después de la octava del Santísimo Sacramento sea dedicada a una fiesta especial para honrar mi Corazón: comulgando en ese día y prestando a él una solemne reparación, a fin de desagraviarlo por las indignidades que recibe cuando está expuesto sobre los altares (…). Yo te prometo también que mi corazón se dilatará para difundir con abundancia los influjos de su divino amor sobre aquellos que le prestasen esa honra y se empeñen en que le sea tributada.”

Al Corazón de Jesús se le llama en las letanías “Horno ardiente de caridad”, ¡qué bella imagen! no es una llama simplemente, es un horno de amor que calienta el alma de aquellos que verdaderamente lo aman y a él se acercan. “Yo vine a traer fuego al mundo, y no quiero otra cosa sino que arda” (Lc 12, 49) y “para encender más ese fuego de caridad quiso Jesús que se estableciese y propagase en la Iglesia la veneración y culto de su Sagrado Corazón” (Beato Pio IX, Breve de la Beatificación de Margarita María)

Pero ¡Cuánto frio Señor mío en este mundo! ¡Cuántos corazones helados por la envidia, la tristeza, el egoísmo…!

Por eso te pedimos que vengas cuanto antes a encender con tu infinita misericordia todos estos corazones. Tú mismo dijiste a Sor Josefa Menéndez: “No es el pecado lo que más hiere mi Corazón… Lo que lo despedaza es que ellas [las almas] no quieran refugiarse en Mí después de haberlo cometido”. Jesús se acerca hoy a nosotros, toca la puerta de nuestra alma y nos dice como le dijo en otro tiempo a los Apóstoles: “no temáis soy yo” y corresponde a cada uno abrirle la puerta y dejarlo entrar. De esa manera, el alma que antes se encontraba oscura y fría sin su presencia, se iluminará con la Luz salutar de su misericordia y se calentará con el fuego ardiente de su amor.

Por Guillermo Torres Bauer

 

Visita al municipio de Suesca

Salve María!!!

En conmemoración a los 96 años de a la aparición de la Virgen de Fátima, el apostolado del oratorio presente en el municipio de Suesca quiso hacerle un homenaje.

Primero se realizó una gran procesión desde la entrada del pueblo hasta la iglesia acompañada por la banda de los caballeros de la Virgen, diez pabellones simbolizando a los diez oratorios que peregrinan en el municipio y a las más de 300 familias que los integran, y cientos de otras personas que por devoción o por mera curiosidad se iban uniendo a la marcha a medida en que iba avanzando.

Luego se celebró la Santa Misa en homenaje a la Santísima Virgen y por las intenciones de las familias que reciben el oratorio

La envidia, “caries de los huesos”

Redacción (Lunes, 19-03-2012, Gaudium Press) ¿En qué consiste ese vicio? En la tristeza por causa del bien ajeno. Tanquerey, en su Compendio de Teología Ascética y Mística, resalta que el despecho causado por la envidia está acompañado de una constricción del corazón, que disminuye su actividad y produce un sentimiento de angustia. El envidioso siente el bien de otra persona “como si fuese un golpe vibrado a su superioridad”. No es difícil percibir como ese vicio nace de la soberbia, la cual, como explica el famoso teólogo Fray Royo Marín, O.P., “es el apetito desordenado de la excelencia propia”. La envidia “es uno de los pecados más viles y repugnantes que se pueda cometer”, hece hincapié el dominicano.

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De la envidia nacen diversos pecados, como el odio, la intriga, la murmuración, la difamación, la calumnia y el placer en las adversidades del prójimo. Ella está en la raíz de muchas divisiones y crímenes, hasta incluso en el seno de las familias (basta recordar la historia de José de Egipto). Dice la Escritura: “Por envidia del diablo, entró la muerte al mundo”(Sb 2, 24). Aquí está la raíz de todos los males de nuestra tierra de exilio. El primer homicidio de la Historia tuvo ese vicio como causa: “… y el Señor miró con agrado a Abel y para su oblación, pero no miró a Caín, ni para sus dones. Caín se quedó extremamente irritado con eso, y su semblante se tornó abatido”(Gn 4, 4-5).

Ese vicio comporta grados. Cuando tiene por objeto bienes terrenales (belleza, fuerza, poder, riqueza, etc.), tendrá gravedad mayor o menor, dependiendo de las circunstancias. Pero si dice respecto a dones y gracias concedidas por Dios a un hermano, constituirá uno de los más graves pecados contra el Espíritu Santo: la envidia de la gracia fraterna.

“La envidia del provecho espiritual del prójimo es uno de los pecados más satánicos que se puede cometer, porque con él no solo se tiene envidia y tristeza del bien del hermano, sino también de la gracia de Dios, que crece en el mundo”, comenta Fray Royo Marín.

Todas esas consideraciones deben grabarse a fondo en nuestros corazones, haciéndonos huir de ese vicio como de una peste mortal. Alegrémonos con el bien de nuestros hermanos, y alabemos a Dios por su liberalidad y bondad. Quien actúe así notará, en poco tiempo, cómo el corazón estará tranquilo, la vida en paz, y la mente libre para navegar por horizontes más elevados y bellos. Más aún: se tornará él mismo el blanco del cariño y de la predilección de nuestro Padre Celestial.

Por Monseñor João S. Clá Dias, EP.

 

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Los 26 Mártires de Nagasaki

Los mártires de NagasakiLa palabra Nagasaki nos recuerda de inmediato la devastadora bomba atómica lanzada sobre ella a fines de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, pocos saben que esta ciudad también fue escenario del heroico testimonio de numerosos mártires de la Fe.
 Oscar Macoto Motitsuki

La evangelización del Japón tuvo su inicio el 15 de agosto de 1549, cuando San Francisco Javier pisó por primera vez el suelo nipón y comenzó a perfumarlo con el aroma de sus virtudes y dones admirables.

Al comienzo los jesuítas, y algunas décadas después los franciscanos, emprendieron con vigor y valentía la obra de salvación de los paganos japoneses. Peripecias brillantes y decepciones dolorosas acompañaron cada paso de esos valientes soldados de Cristo. En menos de medio siglo los cristianos en el Imperio del Sol Naciente eran ya cerca de 300 mil, y ese número tendía a aumentar cada vez más.

Pero la misión progresaba en un ambiente hostil a la Fe, en un país convulsionado por la guerra civil. Su reunificación, iniciada por un señor feudal llamado Nobunaga, estaba en proceso de consolidación. Pero tras su súbita muerte en 1582, su sucesor, Hideyoshi, sometió a la nación a un despótico gobierno basado en la fuerza de las armas.

Al principio Hideyoshi no persiguió a los católicos. No obstante, con el paso del tiempo notó que sus vasallos conversos al Catolicismo —muchos de los cuales ocupaban destacados puestos en el ejército— constituían un impedimento para la realización de sus designios dictatoriales; y que la Ley de Dios era un obstáculo para sus excesos morales.

En consecuencia, en 1587 firmó un decreto de expulsión de los misioneros. Debido a las medidas de prudencia adoptadas por los jesuítas, esa inicua decisión no llegó a ser ejecutada. No sólo se quedaron allá los hijos de San Ignacio, sino que a partir de 1593 comenzaron a llegar misioneros franciscanos provenientes de Filipinas, intensificándose aún más la obra de evangelización.

Ambiciones e intrigas desencadenan la persecución

Infelizmente, el ambiente político estaba muy perturbado con intrigas, codicias materiales y maquinaciones de los enemigos de la Religión cristiana. Todo presagiaba una violenta persecución del Gobierno imperial.

En esas delicadas circunstancias ocurrió en 1596 el lamentable incidente del naufragio del galeón español San Felipe en el litoral japonés. Una tempestad dejó a la nave sin timón, hasta que encalló y empezó a hundirse. La tripulación y los pasajeros, misioneros franceses venidos de Filipinas, se salvaron en pequeños barcos. También hubo tiempo para retirar toda la carga, constituida por preciosos tejidos de seda.

Hideyoshi envió a un agente gubernamental, Masuda, para inspeccionar y evaluar esas mercancías. Regresó con dos informaciones. La primera muy objetiva: el valor de la carga era suficiente para revitalizar las exhaustas finanzas del dictador. La segunda, de fuente bastante dudosa: el piloto de la nave le había confiado que en las conquistas españolas, la predicación misionera precedía y preparaba el terreno para la invasión militar.

Esto le sirvió como pretexto a Hideyoshi, predispuesto ya por las intrigas de los bonzos; y cambió radicalmente su actitud de contemporización. Mandó arrestar a los franciscanos y confiscar las mercancías del galeón. Poco tiempo después, ordenó el cerco de las casas de los misioneros en Osaka y Kyoto.

Humillación transformada en triunfo

El centro de irradiación de la misión franciscana era la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles en Kyoto, en ese entonces capital imperial. El 2 de enero de 1597 fueron arrestados los misioneros: el Superior, Fray Pedro Batista; los padres Martín Loynaz de la Ascensión y Francisco Blanco, de Galicia; el clérigo Felipe de Jesús y los hermanos legos Francisco de San Miguel y Gonzalo García. Junto a ellos quince nipones conversos, entre los que había varios catequistas y tres acólitos, llamados Luis Ibaraki, Antonio y Tomás Kozaki.

En Osaka fueron encarcelados los catequistas Juan de Goto y Santiago Kisai, y un novicio jesuíta llamado Pablo Miki. Este último, de señorial origen, había nacido en 1568 y trabajaba con el Superior Provincial en Nagasaki. Eximio predicador, hacía un intenso apostolado. Más tarde, en la prisión, los tres tuvieron la alegría de ser recibidos oficialmente en la Compañía de Jesús.

Los 24 prisioneros fueron reunidos en una plaza pública de Kyoto, donde los verdugos les cortaron la oreja izquierda a cada uno de ellos. En seguida, los trasportaron cubiertos de sangre en pequeñas carrozas, para que fueran escarnecidos por la población.

Sin embargo, las rudas carrozas de ignominia se transformaron en tribuna de gloria. En el trayecto de Kyoto a Nagasaki, los mártires eran recibidos en triunfo por los fieles de las aldeas católicas. Los caminos y los poblados por donde pasaron fueron escenario de innumerables y conmovedoras conversiones.

Los mártires de Nagasaki

Un viejo padre estimula al hijo a morir con alegría

El día 8 de enero de 1597, Hideyoshi firmó el decreto condenando a muerte a esos 24 héroes de la Fe, por motivos exclusivamente religiosos. Con ellos se reunieron más tarde otros dos que los habían acompañado en el trayecto.

Hanzaburo Terazawa, hermano del gobernador de Nagoya, recibió de Hideyoshi la orden de ejecutar a todos los prisioneros. Fue a su encuentro en un lugar próximo a esa ciudad.

Cuando vio a Luis Ibaraki quedó extremadamente atribulado. Sintiéndose responsable de la muerte de un inocente, le ofreció la libertad si quería entrar a su servicio. El niño dejó la decisión a cargo de Fray Pedro Batista. Este respondió en sentido afirmativo, con la condición de que se le permitiera vivir como católico.

Hanzaburo no contaba con esa respuesta. Luego de algunos instantes de perplejidad, replicó que para seguir con vida, Luis debería renegar de la Fe católica.

“En esas condiciones no vale la pena vivir” — respondió a su vez el decidido acólito. Otra fuerte emoción se apoderó de Hanzaburo cuando descubrió entre los

prisioneros a su viejo conocido Pablo Miki. En otros tiempos, había asistido también a algunas de sus clases de catecismo. ¡Cuántos recuerdos se agitaron en su espíritu!

Viéndolo tan conmovido, Pablo Miki aprovechó la oportunidad para pedirle tres favores, a los que difícilmente podría negarse: que la ejecución fuese el viernes, y les permitiera antes confesarse y asistir a la Santa Misa. Hanzaburo consintió, pero después se desdijo, temiendo la reacción del tiránico Hideyoshi.

Por orden suya se levantaron 26 cruces en una colina cercana a Nagasaki.

En la mañana del 5 de febrero, camino al lugar del suplicio, el catequista Juan de Goto vio que su venerable padre se acercaba. Como despedida, venía a demostrar a su hijo que no hay cosa más importante que la salvación del alma. Después de estimular al joven para que tuviera mucho ánimo y fortaleza de espíritu, exhortándolo a morir alegremente pues lo hacía al servicio de Dios, añadió que también él y su madre estaban dispuestos a derramar su sangre por amor a Cristo, si era necesario.

La gracia del martirio atrae a los cristianos japoneses

Llegando a lo alto de la colina, los 26 mártires fueron fuertemente amarrados en las cruces ya preparadas. En torno a ellos se aglomeraban cerca de cuatro mil fieles, muchos de los cuales querían ser también crucificados. Un problema inesperado para los embrutecidos soldados paganos, que se vieron obligados a usar la violencia para… salvar la vida de esos cristianos tan profundamente movidos por la gracia del martirio.

Fray Martín entonó entonces el Canto de Zacarías, “Bendito sea el Señor Dios de Israel, porque visitó y trajo la redención a su pueblo”, mientras Fray Gonzalo recitaba el “Miserere”. Otros cantaban el “Te Deum”. Los sacerdotes jesuítas Francisco y Pasio, enviados

por el Provincial de Nagasaki, los exhortaron a permanecer firmes en la Fe.

El niño Luis Ibaraki gritó con voz alta y firme: “¡Paraíso! ¡Paraíso! ¡Jesús, María!”. Un momento después todos los presenten gritaban a todo pulmón: “¡Jesús, María! ¡Jesús, María!”.

El primero en consumar el martirio fue Fray Felipe de Jesús. Su cuerpo se estremeció al recibir los tremendos golpes de dos lanzazos que le atravesaron el pecho, derramando sangre copiosamente.

El pequeño acólito Antonio le pidió al P. Batista que entonara el “Laudate pueri Dominum” (Alaben niños al Señor). Pero éste se encontraba en profunda contemplación y no lo escuchaba. Entonces Antonio empezó solo el canto, pero fue interrumpido por los lanzazos que traspasaron su corazón infantil. Desde lo alto de la cruz, el Hermano Pablo Miki no cesaba de alentar con divina elocuencia a sus compañeros. Su alma ya degustaba anticipadamente el Cielo.

Los golpes mortales de las lanzas fueron sucediéndose, uno tras otro, abriendo las puertas del Paraíso a los felices mártires. El último en expirar fue el P. Francisco Blanco.

En la tarde del mismo día, el obispo de Nagasaki y los padres jesuítas, que no pudieron asistir al martirio por prohibición de Hanzaburo, fueron a venerar los cuerpos de los santos mártires, cuya sangre había sido piadosamente recogida por los católicos como preciosa reliquia.

En 1627, transcurridos 30 años, el Papa Urbano VIII reconoció oficialmente su martirio. Y el Beato Pío IX los canonizó el 8 de junio de 1862.

La colina de la ejecución comenzó a ser llamada como el Monte de los Mártires y se convirtió en un centro de peregrinación. En ella innumerables católicos fueron degollados o quemados vivos, durante la dura y cruel persecución que se prolongó por cuatro décadas, hasta culminar en el levantamiento de Shimabara, en 1638, donde murieron 37 mil cristianos.

Con eso el Cristianismo quedó exterminado casi totalmente en suelo nipón. Pero la sangre de tantos miles de mártires no corrió en vano. Unido a la preciosísima Sangre de Jesús, fecunda no solamente el suelo de Japón sino el de todas las naciones donde incontables misioneros anunciaron y anunciarán el Evangelio a lo largo de los siglos. Y su ejemplo conmueve y anima hasta hoy al que lee la historia de su muerte sublime.

Forman una esplendorosa corona de gloria sobre la frente sacrosanta de la Reina de los Mártires.

(Revista Heraldos del Evangelio, Febrero/2004, n.26, pag. 20-22)

 

Visita al Colegio María del Socorro

Salve María!!!

Visita de los Caballeros de la Virgen y de la Virgen Peregrina de Nuestra Señora de Fátima al Colegio María del Socorro.

La alegría de toda la comunidad educativa por tan deseada visita la podemos ver reflejada en las fotos a continuación…mariadelsocorro (11)
visitando los salones
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Doña Rafaela, rectora del colegio en compañía de su familia
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algunas preguntas de catecismo...
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La coronación de la Virgen María y la consagración del Colegio a su Inmaculado Corazón
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Una rosa en homenaje a la Virgen
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La coronación de la Virgen María
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compartiendo con los alumnos
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Procesión de entrada a el colegio

Reliquias del Santo Cura de Ars visitan Zipaquirá

Salve María!!!

Las reliquias del Santo Cura de Ars (San Juan María Vianney) visitaron la Catedral de Zipaquirá, y los Caballeros de la Virgen fueron invitados por el Señor Obispo Mons. Héctor Cubillos Peña para acompañar los actos que se realizarían en presencia de ellas.

Se inició con una entrada solemne a la Iglesia Catedral, después de lo cual un sacerdote del seminario de San Juan María Vianey en Ars, Francia, realizó una breve reseña de la vida y obras  de este gran santo; modelo y ejemplo de todos los sacerdotes.

Posteriormente durante la mañana y parte de la tarde, se dejaron expuestas a la veneración del público. Por último, y en agradecimiento por tan grata visita, Mons. Héctor celebró la Santa Misa durante la cual dió la bendición con las reliquias a todos los presentes y en su homilía resaltó el papel de la humildad durante la vida de este gran santo, el llamado que todo Católico tiene a la Santidad, y sagrada misión encomendada por Dios a los sacerdotes.

Mons. Joao Clá recibe el doctorado en Teología

Fue realizada en la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, en el Seminario de los Heraldos en São Paulo, una ceremonia de entrega del título de Doctor en Teología a Mons. João Clá Dias.

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Santa Teresita del Niño Jesús

La Santa de la Pequeña Vía

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Era un 30 de septiembre de 1897. Cerca de las 16 horas, la comunidad del Carmelo de Lisieux, en Francia, se reunió en torno al lecho de una religiosa que, con tan sólo 24 años de edad, parecía entrar en agonía. A la hora del Ángelus, miró largamente a la Virgen de la Sonrisa, que siempre la había protegido en su breve existencia.

– Sujetaba con firmeza el crucifijo.

Notando que la enferma parecía tardar un poco más en esta tierra, la superiora dispensó a la comunidad.

Pero enseguida sonó la campana de la enfermería y las religiosas regresaron a toda prisa, a tiempo para presenciar una sublime escena.

Con los ojos puestos en el crucifijo, la agonizante pronunció esta breve frase: “Dios mío… yo… ¡Te amo!”. Su semblante se iluminó, parecía estar en éxtasis. Durante algunos instantes, su mirada se posó un poco por debajo de la imagen de María que tenía en la cabecera. Después cerró los ojos y, con una sonrisa en los labios, entregó su alma al Creador.

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“El silencio, he ahí el idioma que
podrá decir todo lo que pasa en mi alma” .

Santidad fulgurante y… desapercibida

Era costumbre que durante las exequias la madre superiora hiciera un pequeño discurso sobre la religiosa fallecida, exaltando sus virtudes y las obras que había realizado dentro de las paredes benditas del Carmelo. Sin embargo, la gran santidad de la Hermana Teresita había pasado desapercibida a tal punto, que dos monjas comentaban entre sí: “¿Qué irá a decir nuestra Madre de esta hermanita que llevó una vida tan inexpresiva entre nosotras?”.

Eran incapaces de imaginar que estaba por comenzar la prodigiosa obra póstuma de esta desconocida carmelita, Santa Teresita del Niño Jesús y de la Sagrada Faz. Sin haber salido jamás del convento, fue declarada Patrona de las Misiones.

Y hoy la maestra de la “pequeña vía” de santificación ha sido proclamada Doctora de la Iglesia.

Infancia impregnada de piedad

El 2 de enero de 1873 nació en Alençon, Francia, María Francisca Teresa Martin. De sus santos padres –Louis y Zélie Martin, que fueron proclamados venerables en 1994 y están a punto de ser beatificados– aprendió a amar a Jesús y a María. Quedó huérfana de madre a los 4 años. Pero en ese corto tiempo de convivencia recibió mucho cariño materno.

A los dos años escuchó decir que su hermana Paulina sería religiosa. A esa edad no sabía bien de lo que se trataba, pero decidió: “También seré religiosa”.

Y añade en sus memorias: “Luego de esto, nunca más cambié de resolución”.

Un poco más adelante, afirma: “Desde la edad de tres años, comencé a no rechazar nada que el buen Dios me pidiese”. Tras la muerte de la madre, tomó a su hermana Paulina como su “mamita”. Ésta –junto al padre y a las otras tres hermanas– cuidó a la pequeñita con extremado desvelo, dándole una educación afectuosa y firme.

La familia se cambió a Lisieux, estableciéndose en una casa denominada “Buissonnets” (matorrales). Cerca de ese lugar residía un tío de la santa, el Sr. Guérin, cuya virtuosa esposa se encargó de asistir a las sobrinas huérfanas de madre.

Una cura milagrosa

Algunos años después Paulina entró al Carmelo, lo que significó una nueva pérdida para Teresita, entonces con nueve años de edad, pero fortaleció su convicción de ser también ella una carmelita. En esta época, la acometió una extraña enfermedad que, más allá de las molestias físicas, le causaba terribles sufrimientos psíquicos.

“Yo decía y hacía cosas que no pensaba. Casi siempre parecía delirar, diciendo palabras sin sentido”, cuenta ella. Según los diagnósticos médicos, esa enfermedad podría trastornarla, si acaso no la hacía morir. La Santísima Virgen la curó, como nos cuenta ella misma:

“Sin encontrar socorro alguno en la tierra, me volví hacia mi Madre del Cielo y le supliqué con todo ardor que tuviera por fin piedad de mí. De repente, la Santísima Virgen me pareció linda, tan linda que nunca había visto yo nada tan hermoso. Su rostro irradiaba una inefable bondad y ternura, pero lo que llegó a lo profundo de mi alma fue su sonrisa arrebatadora. Entonces se disiparon todos mis sufrimientos.

(…) ¡Oh –pensé conmigo misma– la Santísima Virgen me sonrió! Qué feliz soy…” (Manuscritos, § 94).

Santa decidida y audaz

En lugar de jugar como las otras niñas, Teresita prefería colocar su alma frente a los panoramas de la contemplación. Le gustaba mucho la lectura, sobre todo ciertas historias de caballería.

Leyendo el relato de las heroicas hazañas de Santa Juana de Arco, sentía en sí el mismo ardor y la misma inspiración celestial, con un fuerte deseo de imitarla. Con esas lecturas, recibió una gracia que consideró una de las más grandes de su vida: comprender que había nacido para la gloria de los Cielos, ¡había nacido para ser santa!

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Teresa a los 15 años de edad cuando comenzó
a enfrentar decididamente los obstáculos
que se oponían a su vocación en el Carmelo.

Decidió entrar enseguida al Carmelo de Lisieux, donde ya se encontraban sus hermanas Paulina y María. Habló con su bondadoso padre, que consintió pese al sufrimiento de la separación, considerándose privilegiado con que Jesús tomara por esposa a una más de sus hijas.

Pero no era muy común recibir a una novicia de 15 años apenas… Teresita no se desanimó ante la negativa del padre superior del Carmelo. Se manifestó decidida a recurrir al obispo, e incluso al Papa si necesario fuese. ¡Y lo hizo! Luego de un infructuoso recurso al obispo, se fue a Roma donde, arrodillada a los pies de León XIII, con los ojos inundados de lágrimas, expuso su deseo:

–¡Santísimo Padre, vengo a pediros una gran gracia!

Sorprendido, éste se inclinó para oír bien, sonrió al escuchar su pedido y le respondió que los superiores decidirían. Ella replicó que, a una palabra suya, todos consentirían.

–Vamos a ver… ¡Entrarás si el buen Dios así lo quiere! – dijo el Papa.

Luchas en la vida carmelita

Y el buen Dios así lo quiso. Tres meses después, la valiente joven traspuso los umbrales del Carmelo, adoptando el nombre de Teresita del Niño Jesús y de la Sagrada Faz, porque en su alma calaban hondo la infancia y la Pasión del Salvador.

En la confesión general que hizo antes de recibir el hábito de novicia, escuchó del confesor, Padre Pichon, esta consoladora afirmación: “En presencia del buen Dios, de la Santísima Virgen y de todos los Santos, declaro que jamás cometiste un solo pecado mortal”.

Pero como tantas veces le ocurre a los Santos, las otras monjas no se daban cuenta de la grandeza de alma de aquella carmelita que se hacía tan pequeña. En toda su vida religiosa dio siempre buenos ejemplos y aceptó con agrado todas las humillaciones. Sin nunca desanimarse, procuraba cumplir la voluntad de Dios prestando servicio a los demás, y siempre tenía una sonrisa para todas. Trabó una lucha incesante para vencerse a sí misma, sobre todo en los problemas propios de la vida comunitaria.

Por ejemplo, en el recreo buscaba conversar con las de trato más difícil; soportaba pacientemente el irritante ruido que hacía una monja mientras estaban en el coro; no se quejaba cuando una hermana de hábito le salpicaba agua sucia a la hora de lavar la ropa. Sin cesar, ofrecía a Dios esos innumerables pequeños sacrificios como oración y oblación. De esta manera dio inicio a una nueva vía espiritual: la “pequeña vía”, la vía del abandono en las manos de Dios, la vía de la infancia espiritual, que todas las almas, hasta las más débiles, pueden recorrer para santificarse.

Todo lo hacía por amor a Dios.

Sabía que solamente con el auxilio de la gracia vencería las dificultades. Le gustaba decir: “¡Todo es gracia!”.

Patrona de las misiones

Enclaustrada en los muros del Carmelo, deseaba conquistar el mundo entero para Jesús: “Tengo vocación de Apóstol… Quisiera recorrer la tierra, pregonar tu nombre e implantar en tierra de infieles tu gloriosa Cruz. Pero, oh Bienamado mío, una única misión no me bastaría.

Quisiera anunciar, al mismo tiempo, el Evangelio en las cinco partes del mundo, hasta en las más remotas… Quisiera ser misionera no sólo unos años, sino hasta la consumación de los siglos… Pero por encima de todo quisiera, oh mi amado Salvador, derramar por Ti hasta la última gota de mi sangre…” (Manuscritos, § 251).

Por sus ardientes oraciones y continuos sacrificios, convirtió en obras esos anhelos. Y fue proclamada por el Papa Pío XI, en 1927, patrona principal de todos los misioneros y de las misiones existentes en todo el mundo.

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Santa Teresita, cuando era novicia, en 1889.

Víctima expiatoria

Comprendiendo que podría realizar todos sus inmensos deseos de trabajar por la salvación de las almas y glorificación de la Santa Iglesia, y sobre todo de “vivir en un acto de perfecto Amor”, hizo en 1895 el sublime “ofrecimiento como víctima expiatoria al amor misericordioso de Dios”.

Y la Divina Providencia aceptó el ofrecimiento.

En la noche de Viernes Santo de 1896, luego de permanecer ante el Santísimo Sacramento hasta la medianoche, Santa Teresita se recogió a su celda. No bien había puesto la cabeza sobre la almohada, cuando sintió un borbotón de algo efervescente que le subía por la garganta y llegaba a los labios. No sabía lo que era, pero intuyó que se trataba de una hemoptisis.

¿Sería tuberculosis? Por la mañana verificó que su sospecha se confirmaba: era tuberculosa. ¡La alegría invadió su alma, pues el ofrecimiento había sido aceptado!

Sentía que Jesús, el mismo día de su Pasión y muerte, le daba la primera señal de que pronto la llevaría con Él.

Pasó un año de muchas pruebas y sufrimientos, sobre todo la “noche oscura del alma”, de la que hablan los autores místicos, la prueba de la Fe. Su alma estaba en completa aridez. Parecía como si Dios la hubiera abandonado.

Pero nunca perdió la tranquilidad ni la alegría. El 19 de agosto comulgó por última vez.

Un mes antes de su muerte, el sacerdote que la atendió en confesión comentó, muy conmovido, al salir de la enfermería: “¡Qué alma más hermosa! Por lo que parece, está confirmada en gracia.

Desde el Cielo, Santa Teresita cumplió su promesa de hacer el bien en la tierra. Pocos santos tuvieron una irradiación tan grande en tan poco tiempo.

Tal como Moisés abrió el Mar Rojo para el paso del pueblo elegido, así el Ángel del Carmelo abrió a las futuras generaciones, tan débiles y necesitadas, una esplendorosa senda hacia el Cielo.

La Iglesia celebra su fiesta el 1°de octubre. Por concesión de la Santa Sede, los Heraldos del Evangelio tienen el privilegio de recibir ese día una Indulgencia Plenaria, observando las condiciones de costumbre.

continuará…

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Santa Teresita en 1897, ya debilitada
por la lucha contra la enfermedad, tiene en
sus manos una estampa del Niño Jesús
y otra de la Sagrada Faz.

(Revista Heraldos del Evangelio, Oct/2005, n. 46, p. 22 a 25 y Sept/2004, n. 33, p. 40 a 42)

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“El silencio, he ahí el idioma que
podrá decir todo lo que pasa en mi alma” .