Trece de Mayo en la Catedral Primada

¡Salve María!

Las siguientes son las fotos de la Misa celebrada en la Catedral Primada de Bogotá en la conmemoración del 97° aniversario de la primera aparición de Nuestra Señora en Fátima.
La Misa fue celebrada por Monseñor Héctor Cubillos Peña, obispo de la Diócesis de Zipaquirá, y se calcula una asistenciade más o menos 4000 personas.
La celebración inició con el rezo del Santo Rosario a las 11:00am, a las 12:00m fue la entrada solemne de la Santísima Virgen acompañada con el canto de “El Trece de Mayo” y el inicio de la Santa Misa.
Cuatro sacerdotes estuvieron confesando desde las 10:00am hasta la 1:00pm con afluencia constante de fieles deseososde recibir el sacramento de la penitencia en esta fecha tan especial.
Al término de la celebración eucarística Mons. Héctor coronó solemnemente a la imagen de la Santísima Virgen deFátima, como un acto de consagración de todos los presentes y de sus familias al Corazón Inmaculado de María.

Un Corazón ardiente, llagado y crucificado

Redacción (Lunes, 10-06-2013, Gaudium Press) En un monasterio en Francia a orillas del apacible rio Bourbince, una humilde hermana de la Visitación escuchó en un éxtasis estas ardientes palabras del Divino Maestro: “Mi Divino Corazón se encuentra tan repleto de amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo contener más las llamaradas de su ardiente caridad, se siente forzado a difundirlas por tu intermedio”. Fue ésta, la primera de las cuatro principales revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María Alacoque hace 430 años, la primera en la que pudo sopesar verdaderamente la misión para la cual la Divina Providencia la había destinado: ser Heraldo de aquel Corazón que tanto amó a los hombres y que por ellos es tan poco amado.

1.jpgEn esta misma aparición nuestro Señor la invita a ocupar el lugar de San Juan en la Última Cena, colocando el oído en su pecho sacratísimo para escuchar en los latidos armónicos y cadenciados del Sagrado Corazón sus infinitos designios, dice ella: “Jesús me hizo reposar largamente sobre su pecho, desvendándome las maravillas de su amor y los insondables secretos de su Sagrado Corazón”
A inicios del año 1674 Jesús se aparece de nuevo a Santa Margarita y en esta ocasión le muestra su Corazón, que ella describe así: “Ese Divino Corazón me fue presentado como sobre un trono de llamas más resplandeciente que un sol y transparente como un cristal, con la llaga adorable bien visible, y todo él circundado por una corona de espinas significando las heridas que nuestros pecados le infringían. En la parte de arriba estaba una cruz, dando a entender que ella había sido plantada en él desde el primer instante en que fue formado (en las entrañas inmaculadas de María)”. Margarita, arrebatada de fervor, le manifiesta la necesidad de reproducir en imagen la figura de su Corazón ardiente, llagado y crucificado. Nuestro Señor asiente y así mismo llena de privilegios, gracias y bendiciones, todos los lugares en donde esta imagen se venere. Además le reitera a la futura Santa el entrañable deseo de ser amado por los hombres y de manifestar al mundo los tesoros insondables de su amor, de su misericordia y de su gracia, que repartiría con profusión a aquellos que con espíritu humilde lo busquen, amen y glorifiquen.

El amor del Corazón de Jesús

En torno a la fiesta de Corpus Christi se da la tercera aparición. Esta es la más pungente de todas pues Jesús se muestra como receptáculo de ingratitudes por parte de los hombres, a pesar de que tanto los amó, que dio su vida por ellos. Dice a Santa Margarita: “Esa ingratitud me es más penosa que todos los sufrimientos que padecí en mi Pasión. Si en algo me retribuyesen ese amor, Yo tomaría como poco todo lo que hice por los hombres, y estaría dispuesto a hacer más aún, si fuese posible. En ellos, entre tanto, sólo encuentro frialdades y rechazos delante de mis desvelos y bondades”. Tanto es su amor hacia nosotros que sería capaz de sufrir nuevamente la Pasión, si fuese necesario, para rescatar a la humanidad caída, mas, de ella sólo recibe ignominia cómo respuesta. ¡Quién nos diera ser el consuelo de Jesús en estos momentos! Ser otro Cirineo en el Vía Crucis que Él mismo cruza actualmente, haciendo nuestro corazón semejante al suyo, aceptando con verdadera alegría cristiana los pequeños sacrificios de nuestra vida cotidiana y asociándolos a los méritos infinitos de su Pasión.

La Gran Revelación

2.jpgLa Gran Revelación tiene lugar entre los días 13 y 20 de junio del año 1675. De todas las apariciones, es ésta la más importante, pues en ella muestra el Señor los deseos más profundos de su Santo Corazón. Estando Margarita en la capilla del monasterio, delante del Santísimo Sacramento expuesto, se le apareció Jesús, y mostrándole su Divino Corazón le dijo: “He aquí el corazón que tanto amó a los hombres, no ahorrando nada hasta agotarse y consumirse para testimoniarles su amor. En reconocimiento, sólo recibo ingratitudes de la mayor parte: por sus irreverencias y sacrilegios, por las frialdades y desprecios que ellos tienen por Mí en este Sacramento de mi amor. Por esto te pido que el primer viernes después de la octava del Santísimo Sacramento sea dedicada a una fiesta especial para honrar mi Corazón: comulgando en ese día y prestando a él una solemne reparación, a fin de desagraviarlo por las indignidades que recibe cuando está expuesto sobre los altares (…). Yo te prometo también que mi corazón se dilatará para difundir con abundancia los influjos de su divino amor sobre aquellos que le prestasen esa honra y se empeñen en que le sea tributada.”

Al Corazón de Jesús se le llama en las letanías “Horno ardiente de caridad”, ¡qué bella imagen! no es una llama simplemente, es un horno de amor que calienta el alma de aquellos que verdaderamente lo aman y a él se acercan. “Yo vine a traer fuego al mundo, y no quiero otra cosa sino que arda” (Lc 12, 49) y “para encender más ese fuego de caridad quiso Jesús que se estableciese y propagase en la Iglesia la veneración y culto de su Sagrado Corazón” (Beato Pio IX, Breve de la Beatificación de Margarita María)

Pero ¡Cuánto frio Señor mío en este mundo! ¡Cuántos corazones helados por la envidia, la tristeza, el egoísmo…!

Por eso te pedimos que vengas cuanto antes a encender con tu infinita misericordia todos estos corazones. Tú mismo dijiste a Sor Josefa Menéndez: “No es el pecado lo que más hiere mi Corazón… Lo que lo despedaza es que ellas [las almas] no quieran refugiarse en Mí después de haberlo cometido”. Jesús se acerca hoy a nosotros, toca la puerta de nuestra alma y nos dice como le dijo en otro tiempo a los Apóstoles: “no temáis soy yo” y corresponde a cada uno abrirle la puerta y dejarlo entrar. De esa manera, el alma que antes se encontraba oscura y fría sin su presencia, se iluminará con la Luz salutar de su misericordia y se calentará con el fuego ardiente de su amor.

Por Guillermo Torres Bauer

 

Visita al municipio de Samacá

Salve María!!!

La imagen Peregrina de la Virgen de Fátima visitó el municipio de Samacá en el departamento de Boyacá.

Fue recibida en la entrada del pueblo con gran alegría y fervor por toda la población, luego se dirigió en procesión hasta la iglesia siendo acompañada por cientos de fieles, dentro de los cuales es de destacar la presencia de la Asociación de Nazarenos, los integrantes del apostolado del oratorio y tres bandas marciales.

 

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La envidia, “caries de los huesos”

Redacción (Lunes, 19-03-2012, Gaudium Press) ¿En qué consiste ese vicio? En la tristeza por causa del bien ajeno. Tanquerey, en su Compendio de Teología Ascética y Mística, resalta que el despecho causado por la envidia está acompañado de una constricción del corazón, que disminuye su actividad y produce un sentimiento de angustia. El envidioso siente el bien de otra persona “como si fuese un golpe vibrado a su superioridad”. No es difícil percibir como ese vicio nace de la soberbia, la cual, como explica el famoso teólogo Fray Royo Marín, O.P., “es el apetito desordenado de la excelencia propia”. La envidia “es uno de los pecados más viles y repugnantes que se pueda cometer”, hece hincapié el dominicano.

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De la envidia nacen diversos pecados, como el odio, la intriga, la murmuración, la difamación, la calumnia y el placer en las adversidades del prójimo. Ella está en la raíz de muchas divisiones y crímenes, hasta incluso en el seno de las familias (basta recordar la historia de José de Egipto). Dice la Escritura: “Por envidia del diablo, entró la muerte al mundo”(Sb 2, 24). Aquí está la raíz de todos los males de nuestra tierra de exilio. El primer homicidio de la Historia tuvo ese vicio como causa: “… y el Señor miró con agrado a Abel y para su oblación, pero no miró a Caín, ni para sus dones. Caín se quedó extremamente irritado con eso, y su semblante se tornó abatido”(Gn 4, 4-5).

Ese vicio comporta grados. Cuando tiene por objeto bienes terrenales (belleza, fuerza, poder, riqueza, etc.), tendrá gravedad mayor o menor, dependiendo de las circunstancias. Pero si dice respecto a dones y gracias concedidas por Dios a un hermano, constituirá uno de los más graves pecados contra el Espíritu Santo: la envidia de la gracia fraterna.

“La envidia del provecho espiritual del prójimo es uno de los pecados más satánicos que se puede cometer, porque con él no solo se tiene envidia y tristeza del bien del hermano, sino también de la gracia de Dios, que crece en el mundo”, comenta Fray Royo Marín.

Todas esas consideraciones deben grabarse a fondo en nuestros corazones, haciéndonos huir de ese vicio como de una peste mortal. Alegrémonos con el bien de nuestros hermanos, y alabemos a Dios por su liberalidad y bondad. Quien actúe así notará, en poco tiempo, cómo el corazón estará tranquilo, la vida en paz, y la mente libre para navegar por horizontes más elevados y bellos. Más aún: se tornará él mismo el blanco del cariño y de la predilección de nuestro Padre Celestial.

Por Monseñor João S. Clá Dias, EP.

 

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Reliquias del Santo Cura de Ars visitan Zipaquirá

Salve María!!!

Las reliquias del Santo Cura de Ars (San Juan María Vianney) visitaron la Catedral de Zipaquirá, y los Caballeros de la Virgen fueron invitados por el Señor Obispo Mons. Héctor Cubillos Peña para acompañar los actos que se realizarían en presencia de ellas.

Se inició con una entrada solemne a la Iglesia Catedral, después de lo cual un sacerdote del seminario de San Juan María Vianey en Ars, Francia, realizó una breve reseña de la vida y obras  de este gran santo; modelo y ejemplo de todos los sacerdotes.

Posteriormente durante la mañana y parte de la tarde, se dejaron expuestas a la veneración del público. Por último, y en agradecimiento por tan grata visita, Mons. Héctor celebró la Santa Misa durante la cual dió la bendición con las reliquias a todos los presentes y en su homilía resaltó el papel de la humildad durante la vida de este gran santo, el llamado que todo Católico tiene a la Santidad, y sagrada misión encomendada por Dios a los sacerdotes.

Santa Cecilia una doncella, una virgen, una mártir.

Santa Cecilia
Santa Cecilia

Una doncella frágil que con la fortaleza de su Fe, hizo temblar a los poderosos del Imperio Romano y cuya sangre, fue realmente, semilla de nuevos cristianos

Almáquio es un alcalde de la antigua Roma. Pero está inseguro, tiene algunas dudas…

– ¿Cómo ejecutar a esta joven cristiana? Ella no puede morir por la espada… Sería peligroso. Será que…

De repente, bruscamente, el alcalde ordena que la joven sea llevada hasta el palacio imperial. Él decidió:

– Cecilia morirá en el caldario. Ella será colocada en una sala asfixiante, totalmente cerrada, cubierta de vapores calientes y pestilentes.

Allí, sola, fue dejada Cecilia. En su rostro, sin embargo, no se veían marcas de derrota o tristeza. Parecía que su alma estaba llena de alegría. Pedía continuamente que Dios la llevase al Cielo. Llegó a tal punto, que ella tenía su pensamiento puesto en Dios y no se dio cuenta que el suplicio ya había comenzado.

Fue castigada en el caldario por más de un día y una noche. Todo eso fue inútil. Cuando los verdugos abrieron la cámara de tortura con la seguridad de retirar de su interior el cadáver de Cecilia, la encontraron arrodillada, sonriendo y rodeada de aire puro y fresco. Llenos de temor, aterrorizados, corrieron hasta Almáquio para contarle lo sucedido.

Escuchando la narración de los verdugos, el alcalde quedó sin palabras, petrificado. Lleno de odio y furia, ordenó que un guardia decapitase inmediatamente a la joven, en la misma sala en que estaba siendo torturada.

Cecilia sonrió de alegría cuando apareció delante de ella el nuevo verdugo. Se arrodilló espontáneamente y le presentó su cuello. Fue una osadía tan inesperada que el hombre se sintió molesto y no tuvo el coraje para ejecutar la sentencia. Pero para no parecer débil, contuvo su miedo y, desesperadamente, por tres veces, golpeó el cuello de la valiente virgen cristiana. Cecilia cayó. Sus brazos estaban cruzados sobre el pecho. Su cabeza, inexplicablemente, continuaba unida al cuerpo.

La ley romana prohibía insistir en el castigo después del tercer golpe. Sin saber que hacer, el verdugo arrojó la espada y huyó despavorido. La multitud que esperaba noticias afuera de la sala del suplicio, ingresó con el fin de venerar aquella que se convertiría en la mártir cristiana más joven.

Todos estaban asombrados: ¡Cecilia todavía vivía!

Estaba acostada sobre su lado derecho y su cuello tenía una profunda herida por donde fluía sangre. Las doncellas más cercanas a la Santa, con todo respeto, tomaron en paños de lino blanco la sangre que corría. Otros cristianos se apresuraron para comunicar el hecho al Papa. Innumerables dificultades llevaron a que el Sumo Pontífice Urbano llegase tres días después.

Continuando en la misma posición, Cecilia aprovechaba el tiempo que le quedaba de vida para anunciar y testimoniar la verdad del Evangelio a todos aquellos que se aproximaban. Varios paganos fueron tocados por la gracia y se convirtieron.

Finalmente el Papa Urbano llegó trayendo para la mártir los últimos auxilios y los sacramentos de la Iglesia Católica. ¡Es imposible describir el fervor de Cecilia al recibir la Unción de los enfermos y comulgar por última vez! Ella que tanto amaba a Jesús y que a Él entregaba su vida, contemplaba y adoraba al Salvador en su corazón. En determinado momento hizo una señal pidiendo al Pontífice que se aproximase y le dijo:

– Santo Padre, quiero manifestar mi última voluntad: Deseo que mi casa se transforme en un verdadero templo de Dios…

Ya no tenía más fuerzas para hablar. Giró entonces, hacia los que estaban con ella y les mostró el pulgar de una mano y tres dedos de la otra. Fue el último gesto de su vida. Con él, Cecilia confesaba públicamente su Fe: Dios es Uno y Trino. Creo en la Unidad y Trinidad de Dios.

Incluso trató de envolverse con sus ropas, extendió los brazos junto a su cuerpo, inclinó la cabeza y expiró. El cuerpo de Cecilia fue piadosamente depositado en un ataúd y llevado a la catacumba de San Calixto. El propio Pontífice Urbano colocó el féretro junto a la tumba de los Papas y lo cerró con una piedra de mármol. Era el año 232.


¿Pero, quién era Cecilia?

Una virgen y mártir a quien la Iglesia le celebra su fiesta el día 22 de noviembre y que nació en el inicio del siglo III. Sus padres eran cristianos y pertenecían a una de las más gloriosas e ilustres familias romanas.

Todavía siendo niña ella fue entregada a una dama de compañía que también era cristiana. Esto fue, sin duda, un acto inspirado por Dios. Fue ella, esta buena enfermera que se esforzó al máximo para que la niña conociese y amase a Nuestro Señor Jesucristo y pudiese caminar en el amor y práctica de las virtudes cristianas.

Cecilia siempre fue muy educada y tenía una buena formación en las cosas del mundo. Pero más que eso, gracias a la educación que la enfermera le dio, la vida de Cecilia se transformó en un ejemplo de educación cristiana que se debe impartir a una persona.

Desde muy joven Cecilia cultivó el gusto por la contemplación de las bellezas naturales creadas por Dios y puestas por el Creador a disposición de los hombres. En la contemplación de la belleza de las criaturas, ella encontró un modo de conocer a Dios.

Maravillada, la joven exclamaba:

– ¡Oh! ¡Qué grande y bueno es el Señor! ¡Quiero amarlo siempre! ¡Quiero amarlo mucho!…

La enfermera de Cecilia conocía las Sagradas Escrituras y le contaba hechos de la Historia Sagrada. Los que más le gustaban a Cecilia eran los hechos sobre la vida de Jesús. La descripción de los sufrimientos de Nuestro Señor en su Pasión, muerte y Crucifixión, llevaban a la atenta joven a condolerse del Divino Salvador. Su corazón crecía de amor hacia Él y en su espíritu crecía la intención de no ofender a Dios y consagrar toda su vida a Él.

La enfermera le enseñó a amar al prójimo por amor a Dios. Por esto nació en su alma un gran amor por los pobres. En ellos veía la imagen de Nuestro Señor Jesucristo sufriente, pobre y necesitado. Ella aliviaba y calmaba los dolores de los siervos, esclavos y mendigos. Junto con la ayuda material, les enseñaba la práctica de la vida y piedad cristiana.

Así, se transformó en un verdadero apóstol del Evangelio .

El encuentro con Jesús

El amor a Jesús Sacramentado germinó y creció en el corazón de Cecilia. El mundo con sus ilusiones y fantasías no le atraían. Sólo tenía un deseo: ¡unirse a Jesús sacramentado!

Desahogaba su corazón en el recogimiento, lejos de las atracciones mundanas. La oración era el medio con el que hablaba con Jesús. Rezando, demostraba su deseo de recibirlo y hacer de Él su alimento espiritual, su fuerza para caminar.

Jesús escuchó las oraciones de Cecilia.

Ella vio en las catacumbas de Roma los misterios divinos. El Pontífice Urbano tenía en sus manos el Pan Eucarístico y se aproximaba de ella. Cecilia de rodillas y a los pies del Papa recibe por primera vez la Santa Comunión. En ese momento, adorando a Jesús en su corazón, la joven renovó su propósito de consagrarse al servicio de Dios y convertirse para siempre en su esposa.

Cecilia siempre tuvo el deseo de ofrecer su virginidad a Dios. En secreto ella buscó al Santo Pontífice y, después de contarle que desde niña se había consagrado a Jesús, le suplicó que le aceptase su voto de virginidad.

Continúa en el próximo…

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Mons. Joao Clá recibe el doctorado en Teología

Fue realizada en la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, en el Seminario de los Heraldos en São Paulo, una ceremonia de entrega del título de Doctor en Teología a Mons. João Clá Dias.

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