La envidia, “caries de los huesos”

Redacción (Lunes, 19-03-2012, Gaudium Press) ¿En qué consiste ese vicio? En la tristeza por causa del bien ajeno. Tanquerey, en su Compendio de Teología Ascética y Mística, resalta que el despecho causado por la envidia está acompañado de una constricción del corazón, que disminuye su actividad y produce un sentimiento de angustia. El envidioso siente el bien de otra persona “como si fuese un golpe vibrado a su superioridad”. No es difícil percibir como ese vicio nace de la soberbia, la cual, como explica el famoso teólogo Fray Royo Marín, O.P., “es el apetito desordenado de la excelencia propia”. La envidia “es uno de los pecados más viles y repugnantes que se pueda cometer”, hece hincapié el dominicano.

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De la envidia nacen diversos pecados, como el odio, la intriga, la murmuración, la difamación, la calumnia y el placer en las adversidades del prójimo. Ella está en la raíz de muchas divisiones y crímenes, hasta incluso en el seno de las familias (basta recordar la historia de José de Egipto). Dice la Escritura: “Por envidia del diablo, entró la muerte al mundo”(Sb 2, 24). Aquí está la raíz de todos los males de nuestra tierra de exilio. El primer homicidio de la Historia tuvo ese vicio como causa: “… y el Señor miró con agrado a Abel y para su oblación, pero no miró a Caín, ni para sus dones. Caín se quedó extremamente irritado con eso, y su semblante se tornó abatido”(Gn 4, 4-5).

Ese vicio comporta grados. Cuando tiene por objeto bienes terrenales (belleza, fuerza, poder, riqueza, etc.), tendrá gravedad mayor o menor, dependiendo de las circunstancias. Pero si dice respecto a dones y gracias concedidas por Dios a un hermano, constituirá uno de los más graves pecados contra el Espíritu Santo: la envidia de la gracia fraterna.

“La envidia del provecho espiritual del prójimo es uno de los pecados más satánicos que se puede cometer, porque con él no solo se tiene envidia y tristeza del bien del hermano, sino también de la gracia de Dios, que crece en el mundo”, comenta Fray Royo Marín.

Todas esas consideraciones deben grabarse a fondo en nuestros corazones, haciéndonos huir de ese vicio como de una peste mortal. Alegrémonos con el bien de nuestros hermanos, y alabemos a Dios por su liberalidad y bondad. Quien actúe así notará, en poco tiempo, cómo el corazón estará tranquilo, la vida en paz, y la mente libre para navegar por horizontes más elevados y bellos. Más aún: se tornará él mismo el blanco del cariño y de la predilección de nuestro Padre Celestial.

Por Monseñor João S. Clá Dias, EP.

 

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Los 26 Mártires de Nagasaki

Los mártires de NagasakiLa palabra Nagasaki nos recuerda de inmediato la devastadora bomba atómica lanzada sobre ella a fines de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, pocos saben que esta ciudad también fue escenario del heroico testimonio de numerosos mártires de la Fe.
 Oscar Macoto Motitsuki

La evangelización del Japón tuvo su inicio el 15 de agosto de 1549, cuando San Francisco Javier pisó por primera vez el suelo nipón y comenzó a perfumarlo con el aroma de sus virtudes y dones admirables.

Al comienzo los jesuítas, y algunas décadas después los franciscanos, emprendieron con vigor y valentía la obra de salvación de los paganos japoneses. Peripecias brillantes y decepciones dolorosas acompañaron cada paso de esos valientes soldados de Cristo. En menos de medio siglo los cristianos en el Imperio del Sol Naciente eran ya cerca de 300 mil, y ese número tendía a aumentar cada vez más.

Pero la misión progresaba en un ambiente hostil a la Fe, en un país convulsionado por la guerra civil. Su reunificación, iniciada por un señor feudal llamado Nobunaga, estaba en proceso de consolidación. Pero tras su súbita muerte en 1582, su sucesor, Hideyoshi, sometió a la nación a un despótico gobierno basado en la fuerza de las armas.

Al principio Hideyoshi no persiguió a los católicos. No obstante, con el paso del tiempo notó que sus vasallos conversos al Catolicismo —muchos de los cuales ocupaban destacados puestos en el ejército— constituían un impedimento para la realización de sus designios dictatoriales; y que la Ley de Dios era un obstáculo para sus excesos morales.

En consecuencia, en 1587 firmó un decreto de expulsión de los misioneros. Debido a las medidas de prudencia adoptadas por los jesuítas, esa inicua decisión no llegó a ser ejecutada. No sólo se quedaron allá los hijos de San Ignacio, sino que a partir de 1593 comenzaron a llegar misioneros franciscanos provenientes de Filipinas, intensificándose aún más la obra de evangelización.

Ambiciones e intrigas desencadenan la persecución

Infelizmente, el ambiente político estaba muy perturbado con intrigas, codicias materiales y maquinaciones de los enemigos de la Religión cristiana. Todo presagiaba una violenta persecución del Gobierno imperial.

En esas delicadas circunstancias ocurrió en 1596 el lamentable incidente del naufragio del galeón español San Felipe en el litoral japonés. Una tempestad dejó a la nave sin timón, hasta que encalló y empezó a hundirse. La tripulación y los pasajeros, misioneros franceses venidos de Filipinas, se salvaron en pequeños barcos. También hubo tiempo para retirar toda la carga, constituida por preciosos tejidos de seda.

Hideyoshi envió a un agente gubernamental, Masuda, para inspeccionar y evaluar esas mercancías. Regresó con dos informaciones. La primera muy objetiva: el valor de la carga era suficiente para revitalizar las exhaustas finanzas del dictador. La segunda, de fuente bastante dudosa: el piloto de la nave le había confiado que en las conquistas españolas, la predicación misionera precedía y preparaba el terreno para la invasión militar.

Esto le sirvió como pretexto a Hideyoshi, predispuesto ya por las intrigas de los bonzos; y cambió radicalmente su actitud de contemporización. Mandó arrestar a los franciscanos y confiscar las mercancías del galeón. Poco tiempo después, ordenó el cerco de las casas de los misioneros en Osaka y Kyoto.

Humillación transformada en triunfo

El centro de irradiación de la misión franciscana era la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles en Kyoto, en ese entonces capital imperial. El 2 de enero de 1597 fueron arrestados los misioneros: el Superior, Fray Pedro Batista; los padres Martín Loynaz de la Ascensión y Francisco Blanco, de Galicia; el clérigo Felipe de Jesús y los hermanos legos Francisco de San Miguel y Gonzalo García. Junto a ellos quince nipones conversos, entre los que había varios catequistas y tres acólitos, llamados Luis Ibaraki, Antonio y Tomás Kozaki.

En Osaka fueron encarcelados los catequistas Juan de Goto y Santiago Kisai, y un novicio jesuíta llamado Pablo Miki. Este último, de señorial origen, había nacido en 1568 y trabajaba con el Superior Provincial en Nagasaki. Eximio predicador, hacía un intenso apostolado. Más tarde, en la prisión, los tres tuvieron la alegría de ser recibidos oficialmente en la Compañía de Jesús.

Los 24 prisioneros fueron reunidos en una plaza pública de Kyoto, donde los verdugos les cortaron la oreja izquierda a cada uno de ellos. En seguida, los trasportaron cubiertos de sangre en pequeñas carrozas, para que fueran escarnecidos por la población.

Sin embargo, las rudas carrozas de ignominia se transformaron en tribuna de gloria. En el trayecto de Kyoto a Nagasaki, los mártires eran recibidos en triunfo por los fieles de las aldeas católicas. Los caminos y los poblados por donde pasaron fueron escenario de innumerables y conmovedoras conversiones.

Los mártires de Nagasaki

Un viejo padre estimula al hijo a morir con alegría

El día 8 de enero de 1597, Hideyoshi firmó el decreto condenando a muerte a esos 24 héroes de la Fe, por motivos exclusivamente religiosos. Con ellos se reunieron más tarde otros dos que los habían acompañado en el trayecto.

Hanzaburo Terazawa, hermano del gobernador de Nagoya, recibió de Hideyoshi la orden de ejecutar a todos los prisioneros. Fue a su encuentro en un lugar próximo a esa ciudad.

Cuando vio a Luis Ibaraki quedó extremadamente atribulado. Sintiéndose responsable de la muerte de un inocente, le ofreció la libertad si quería entrar a su servicio. El niño dejó la decisión a cargo de Fray Pedro Batista. Este respondió en sentido afirmativo, con la condición de que se le permitiera vivir como católico.

Hanzaburo no contaba con esa respuesta. Luego de algunos instantes de perplejidad, replicó que para seguir con vida, Luis debería renegar de la Fe católica.

“En esas condiciones no vale la pena vivir” — respondió a su vez el decidido acólito. Otra fuerte emoción se apoderó de Hanzaburo cuando descubrió entre los

prisioneros a su viejo conocido Pablo Miki. En otros tiempos, había asistido también a algunas de sus clases de catecismo. ¡Cuántos recuerdos se agitaron en su espíritu!

Viéndolo tan conmovido, Pablo Miki aprovechó la oportunidad para pedirle tres favores, a los que difícilmente podría negarse: que la ejecución fuese el viernes, y les permitiera antes confesarse y asistir a la Santa Misa. Hanzaburo consintió, pero después se desdijo, temiendo la reacción del tiránico Hideyoshi.

Por orden suya se levantaron 26 cruces en una colina cercana a Nagasaki.

En la mañana del 5 de febrero, camino al lugar del suplicio, el catequista Juan de Goto vio que su venerable padre se acercaba. Como despedida, venía a demostrar a su hijo que no hay cosa más importante que la salvación del alma. Después de estimular al joven para que tuviera mucho ánimo y fortaleza de espíritu, exhortándolo a morir alegremente pues lo hacía al servicio de Dios, añadió que también él y su madre estaban dispuestos a derramar su sangre por amor a Cristo, si era necesario.

La gracia del martirio atrae a los cristianos japoneses

Llegando a lo alto de la colina, los 26 mártires fueron fuertemente amarrados en las cruces ya preparadas. En torno a ellos se aglomeraban cerca de cuatro mil fieles, muchos de los cuales querían ser también crucificados. Un problema inesperado para los embrutecidos soldados paganos, que se vieron obligados a usar la violencia para… salvar la vida de esos cristianos tan profundamente movidos por la gracia del martirio.

Fray Martín entonó entonces el Canto de Zacarías, “Bendito sea el Señor Dios de Israel, porque visitó y trajo la redención a su pueblo”, mientras Fray Gonzalo recitaba el “Miserere”. Otros cantaban el “Te Deum”. Los sacerdotes jesuítas Francisco y Pasio, enviados

por el Provincial de Nagasaki, los exhortaron a permanecer firmes en la Fe.

El niño Luis Ibaraki gritó con voz alta y firme: “¡Paraíso! ¡Paraíso! ¡Jesús, María!”. Un momento después todos los presenten gritaban a todo pulmón: “¡Jesús, María! ¡Jesús, María!”.

El primero en consumar el martirio fue Fray Felipe de Jesús. Su cuerpo se estremeció al recibir los tremendos golpes de dos lanzazos que le atravesaron el pecho, derramando sangre copiosamente.

El pequeño acólito Antonio le pidió al P. Batista que entonara el “Laudate pueri Dominum” (Alaben niños al Señor). Pero éste se encontraba en profunda contemplación y no lo escuchaba. Entonces Antonio empezó solo el canto, pero fue interrumpido por los lanzazos que traspasaron su corazón infantil. Desde lo alto de la cruz, el Hermano Pablo Miki no cesaba de alentar con divina elocuencia a sus compañeros. Su alma ya degustaba anticipadamente el Cielo.

Los golpes mortales de las lanzas fueron sucediéndose, uno tras otro, abriendo las puertas del Paraíso a los felices mártires. El último en expirar fue el P. Francisco Blanco.

En la tarde del mismo día, el obispo de Nagasaki y los padres jesuítas, que no pudieron asistir al martirio por prohibición de Hanzaburo, fueron a venerar los cuerpos de los santos mártires, cuya sangre había sido piadosamente recogida por los católicos como preciosa reliquia.

En 1627, transcurridos 30 años, el Papa Urbano VIII reconoció oficialmente su martirio. Y el Beato Pío IX los canonizó el 8 de junio de 1862.

La colina de la ejecución comenzó a ser llamada como el Monte de los Mártires y se convirtió en un centro de peregrinación. En ella innumerables católicos fueron degollados o quemados vivos, durante la dura y cruel persecución que se prolongó por cuatro décadas, hasta culminar en el levantamiento de Shimabara, en 1638, donde murieron 37 mil cristianos.

Con eso el Cristianismo quedó exterminado casi totalmente en suelo nipón. Pero la sangre de tantos miles de mártires no corrió en vano. Unido a la preciosísima Sangre de Jesús, fecunda no solamente el suelo de Japón sino el de todas las naciones donde incontables misioneros anunciaron y anunciarán el Evangelio a lo largo de los siglos. Y su ejemplo conmueve y anima hasta hoy al que lee la historia de su muerte sublime.

Forman una esplendorosa corona de gloria sobre la frente sacrosanta de la Reina de los Mártires.

(Revista Heraldos del Evangelio, Febrero/2004, n.26, pag. 20-22)

 

Gran Concierto en Homenaje a María Santísima

Salve María!!!
En el día de la natividad de la  Santísima Virgen, en el teatro del Colegio Agustiniano Salitre y con la asistencia de más de 1000 personas, los Heraldos del Evangelio realizaron un gran concierto…

 
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Más un Milagro del Sagrado Corazón

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Madrid (Martes, 20-03-2012, Gaudium Press) Era un balazo normalmente mortal, de eso no puede existir la menor duda. Al Caballero de la Legión española Iván Castro Canovaca una bala atravesó los pulmones, le había rozado el corazón, la aorta, la tráquea, el esófago… Pero hoy se recupera el militar en el Hospital Gómez Ulla de Madrid, en un hecho que los médicos califican de “único”, pues “lo normal es que hubiera fallecido en los diez primeros minutos”.

¿Qué pasó?

Según narra el relato oficial de la Brigada de Infantería Ligera Rey Alfonso XIII, II de la Legión, activa en Afganistán, “herido [Castro] en los primeros segundos del combate, mantiene la calma y pide a su Jefe de Pelotón que le deje solo y acuda a su puesto nuevamente. Cuando su Jefe de Sección le decía que estuviera tranquilo que se iría a España a ver nacer a su hija, respondió que eso no le importaba, que lo que quería era seguir allí, en su puesto. No perdió en ningún momento la compostura, evitando ser un problema más en aquella situación”.

Entretanto, además de su dotación de combate, Castro cargaba consigo un “Detente Bala”, obsequiado por la Hermandad del Cristo del Perdón de Elche y sus paisanos del Círculo de Amigos de las Fuerzas Armadas de Jaén.

Tras las revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa María Margarita Alacoque en el S. XVII, se adquirió la costumbra de bordar una imagen de ese Cristo, que particularmente en España se cosía a los trajes y que también fueron usando sus soldados. La Imagen rezaba “Detente, el Corazón de Jesús está conmigo”, dirigiéndose específicamente a la tentación y a su Fautor, el Diablo.

Sin embargo, “unos cuantos relatos de soldados que lograron esquivar a la muerte, de esa forma casi milagrosa en que, a veces, suceden las cosas, le dieron tanto prestigio al emblema, que viajó con los militares españoles por todas las guerras que vinieron después en la Península y también en aquellas por las que perdimos nuestras últimas posesiones en ultramar”, según publica la revista Armas y Cuerpos, de la Academia General Militar, en su número de febrero pasado.

Y así, el Detente se fue trasformando en un Detente Bala, que no es de manera ninguna un amuleto, sino un signo de la devoción del militar al Sagrado Corazón de Jesús, con la invocación implícita de que -si es el designio de Dios- la muerte pase de largo, hasta rozando, pero no hiera de muerte a su portador, pues lo protege el Autor del Cielo y de la Tierra.

Y es seguro, que después de lo ocurrido con Castro Canovaca, muchos otros usarán el Bordado del Sagrado Corazón, no solo los españoles.

Con información de Religión en Libertad

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Visita al Colegio María del Socorro

Salve María!!!

Visita de los Caballeros de la Virgen y de la Virgen Peregrina de Nuestra Señora de Fátima al Colegio María del Socorro.

La alegría de toda la comunidad educativa por tan deseada visita la podemos ver reflejada en las fotos a continuación…mariadelsocorro (11)
visitando los salones
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Doña Rafaela, rectora del colegio en compañía de su familia
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algunas preguntas de catecismo...
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La coronación de la Virgen María y la consagración del Colegio a su Inmaculado Corazón
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Una rosa en homenaje a la Virgen
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La coronación de la Virgen María
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compartiendo con los alumnos
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Procesión de entrada a el colegio

Reliquias del Santo Cura de Ars visitan Zipaquirá

Salve María!!!

Las reliquias del Santo Cura de Ars (San Juan María Vianney) visitaron la Catedral de Zipaquirá, y los Caballeros de la Virgen fueron invitados por el Señor Obispo Mons. Héctor Cubillos Peña para acompañar los actos que se realizarían en presencia de ellas.

Se inició con una entrada solemne a la Iglesia Catedral, después de lo cual un sacerdote del seminario de San Juan María Vianey en Ars, Francia, realizó una breve reseña de la vida y obras  de este gran santo; modelo y ejemplo de todos los sacerdotes.

Posteriormente durante la mañana y parte de la tarde, se dejaron expuestas a la veneración del público. Por último, y en agradecimiento por tan grata visita, Mons. Héctor celebró la Santa Misa durante la cual dió la bendición con las reliquias a todos los presentes y en su homilía resaltó el papel de la humildad durante la vida de este gran santo, el llamado que todo Católico tiene a la Santidad, y sagrada misión encomendada por Dios a los sacerdotes.

Santa Cecilia una doncella, una virgen, una mártir.

Santa Cecilia
Santa Cecilia

Una doncella frágil que con la fortaleza de su Fe, hizo temblar a los poderosos del Imperio Romano y cuya sangre, fue realmente, semilla de nuevos cristianos

Almáquio es un alcalde de la antigua Roma. Pero está inseguro, tiene algunas dudas…

– ¿Cómo ejecutar a esta joven cristiana? Ella no puede morir por la espada… Sería peligroso. Será que…

De repente, bruscamente, el alcalde ordena que la joven sea llevada hasta el palacio imperial. Él decidió:

– Cecilia morirá en el caldario. Ella será colocada en una sala asfixiante, totalmente cerrada, cubierta de vapores calientes y pestilentes.

Allí, sola, fue dejada Cecilia. En su rostro, sin embargo, no se veían marcas de derrota o tristeza. Parecía que su alma estaba llena de alegría. Pedía continuamente que Dios la llevase al Cielo. Llegó a tal punto, que ella tenía su pensamiento puesto en Dios y no se dio cuenta que el suplicio ya había comenzado.

Fue castigada en el caldario por más de un día y una noche. Todo eso fue inútil. Cuando los verdugos abrieron la cámara de tortura con la seguridad de retirar de su interior el cadáver de Cecilia, la encontraron arrodillada, sonriendo y rodeada de aire puro y fresco. Llenos de temor, aterrorizados, corrieron hasta Almáquio para contarle lo sucedido.

Escuchando la narración de los verdugos, el alcalde quedó sin palabras, petrificado. Lleno de odio y furia, ordenó que un guardia decapitase inmediatamente a la joven, en la misma sala en que estaba siendo torturada.

Cecilia sonrió de alegría cuando apareció delante de ella el nuevo verdugo. Se arrodilló espontáneamente y le presentó su cuello. Fue una osadía tan inesperada que el hombre se sintió molesto y no tuvo el coraje para ejecutar la sentencia. Pero para no parecer débil, contuvo su miedo y, desesperadamente, por tres veces, golpeó el cuello de la valiente virgen cristiana. Cecilia cayó. Sus brazos estaban cruzados sobre el pecho. Su cabeza, inexplicablemente, continuaba unida al cuerpo.

La ley romana prohibía insistir en el castigo después del tercer golpe. Sin saber que hacer, el verdugo arrojó la espada y huyó despavorido. La multitud que esperaba noticias afuera de la sala del suplicio, ingresó con el fin de venerar aquella que se convertiría en la mártir cristiana más joven.

Todos estaban asombrados: ¡Cecilia todavía vivía!

Estaba acostada sobre su lado derecho y su cuello tenía una profunda herida por donde fluía sangre. Las doncellas más cercanas a la Santa, con todo respeto, tomaron en paños de lino blanco la sangre que corría. Otros cristianos se apresuraron para comunicar el hecho al Papa. Innumerables dificultades llevaron a que el Sumo Pontífice Urbano llegase tres días después.

Continuando en la misma posición, Cecilia aprovechaba el tiempo que le quedaba de vida para anunciar y testimoniar la verdad del Evangelio a todos aquellos que se aproximaban. Varios paganos fueron tocados por la gracia y se convirtieron.

Finalmente el Papa Urbano llegó trayendo para la mártir los últimos auxilios y los sacramentos de la Iglesia Católica. ¡Es imposible describir el fervor de Cecilia al recibir la Unción de los enfermos y comulgar por última vez! Ella que tanto amaba a Jesús y que a Él entregaba su vida, contemplaba y adoraba al Salvador en su corazón. En determinado momento hizo una señal pidiendo al Pontífice que se aproximase y le dijo:

– Santo Padre, quiero manifestar mi última voluntad: Deseo que mi casa se transforme en un verdadero templo de Dios…

Ya no tenía más fuerzas para hablar. Giró entonces, hacia los que estaban con ella y les mostró el pulgar de una mano y tres dedos de la otra. Fue el último gesto de su vida. Con él, Cecilia confesaba públicamente su Fe: Dios es Uno y Trino. Creo en la Unidad y Trinidad de Dios.

Incluso trató de envolverse con sus ropas, extendió los brazos junto a su cuerpo, inclinó la cabeza y expiró. El cuerpo de Cecilia fue piadosamente depositado en un ataúd y llevado a la catacumba de San Calixto. El propio Pontífice Urbano colocó el féretro junto a la tumba de los Papas y lo cerró con una piedra de mármol. Era el año 232.


¿Pero, quién era Cecilia?

Una virgen y mártir a quien la Iglesia le celebra su fiesta el día 22 de noviembre y que nació en el inicio del siglo III. Sus padres eran cristianos y pertenecían a una de las más gloriosas e ilustres familias romanas.

Todavía siendo niña ella fue entregada a una dama de compañía que también era cristiana. Esto fue, sin duda, un acto inspirado por Dios. Fue ella, esta buena enfermera que se esforzó al máximo para que la niña conociese y amase a Nuestro Señor Jesucristo y pudiese caminar en el amor y práctica de las virtudes cristianas.

Cecilia siempre fue muy educada y tenía una buena formación en las cosas del mundo. Pero más que eso, gracias a la educación que la enfermera le dio, la vida de Cecilia se transformó en un ejemplo de educación cristiana que se debe impartir a una persona.

Desde muy joven Cecilia cultivó el gusto por la contemplación de las bellezas naturales creadas por Dios y puestas por el Creador a disposición de los hombres. En la contemplación de la belleza de las criaturas, ella encontró un modo de conocer a Dios.

Maravillada, la joven exclamaba:

– ¡Oh! ¡Qué grande y bueno es el Señor! ¡Quiero amarlo siempre! ¡Quiero amarlo mucho!…

La enfermera de Cecilia conocía las Sagradas Escrituras y le contaba hechos de la Historia Sagrada. Los que más le gustaban a Cecilia eran los hechos sobre la vida de Jesús. La descripción de los sufrimientos de Nuestro Señor en su Pasión, muerte y Crucifixión, llevaban a la atenta joven a condolerse del Divino Salvador. Su corazón crecía de amor hacia Él y en su espíritu crecía la intención de no ofender a Dios y consagrar toda su vida a Él.

La enfermera le enseñó a amar al prójimo por amor a Dios. Por esto nació en su alma un gran amor por los pobres. En ellos veía la imagen de Nuestro Señor Jesucristo sufriente, pobre y necesitado. Ella aliviaba y calmaba los dolores de los siervos, esclavos y mendigos. Junto con la ayuda material, les enseñaba la práctica de la vida y piedad cristiana.

Así, se transformó en un verdadero apóstol del Evangelio .

El encuentro con Jesús

El amor a Jesús Sacramentado germinó y creció en el corazón de Cecilia. El mundo con sus ilusiones y fantasías no le atraían. Sólo tenía un deseo: ¡unirse a Jesús sacramentado!

Desahogaba su corazón en el recogimiento, lejos de las atracciones mundanas. La oración era el medio con el que hablaba con Jesús. Rezando, demostraba su deseo de recibirlo y hacer de Él su alimento espiritual, su fuerza para caminar.

Jesús escuchó las oraciones de Cecilia.

Ella vio en las catacumbas de Roma los misterios divinos. El Pontífice Urbano tenía en sus manos el Pan Eucarístico y se aproximaba de ella. Cecilia de rodillas y a los pies del Papa recibe por primera vez la Santa Comunión. En ese momento, adorando a Jesús en su corazón, la joven renovó su propósito de consagrarse al servicio de Dios y convertirse para siempre en su esposa.

Cecilia siempre tuvo el deseo de ofrecer su virginidad a Dios. En secreto ella buscó al Santo Pontífice y, después de contarle que desde niña se había consagrado a Jesús, le suplicó que le aceptase su voto de virginidad.

Continúa en el próximo…

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Beatificado el Cardenal inglés John Henry Newman

El viaje histórico del papa Benedicto XVI al Reino Unido tuvo como ultimo acto una Misa en la ciudad de Birmingham durante la cual fue beatificado el ingles Cardenal John Henry Newman. En la despedida en el aeropuerto el Primer Ministro David Cameron dijo que el Papa “hablo’ para un país de 6 millones de católicos pero fue oído por 60 millones de ciudadanos”. Concluyo diciendo que “fueron 4 días increíblemente emocionantes para nuestro país”.

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