San Claudio de la Colombiére

Elegido por Dios para propagar el amor y la confianza, mediante la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

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En el año de 1675, un nuevo superior había sido designado para la casa de los padres jesuitas en Paray-le-Monial. Al ser éste confesor extraordinario de las vecinas monjas de la Visitación, se acercó a ver a la superiora, la Madre de Saumaise, con el objetivo de ponerse a disposición del monasterio. Ella le presentó a toda la comunidad y, mientras el sacerdote dirigía a las religiosas unas breves palabras de incentivo a la práctica de la virtud heroica, una de ellas, Sor Margarita María Alacoque, oyó una voz interior que le decía:

– He ahí al que te envío. Hacía pocos años que esta monja pertenecía a la congregación y ya había sido beneficiada por el Sagrado Corazón de Jesús con numerosas visiones y revelaciones. Sin embargo, en esos momentos estaba pasando por la prueba de la duda. Sus superiores y algunas autoridades eclesiásticas la consideraban una “visionaria”, llegándose a preguntar si no estaría siendo víctima de una ilusión o engañada por el demonio.

El divino Maestro, entonces, le había hecho una promesa: “Te mandaré a mi fiel siervo y amigo perfecto”. 1 Se trataba del P. Claudio La Colombière a quien Jesús enviaba en aquel momento a Sor Margarita, para confirmarle “en su caminos y para hacerle partícipe de las grandes gracias de su Sagrado Corazón”.

Formado en los colegios de la Compañía

De la infancia del padre La Colombière poco se conoce. Nació el 2 de febrero de 1641 en la aldea de Saint Symphorien, pero a los nueve años se mudó con su familia a Vienne, donde los benedictinos de Saint Andrés-le-Bas echaron en su alma las primeras semillas de su ardorosa devoción a la Sagrada Eucaristía y le administraron la Primera Comunión.

Poco después de haber llegado a la ciudad, empezó a estudiar gramática con los padres jesuitas y tres años más tarde se mudó a Lyon, para cursar Humanidades en el colegio de la Compañía. En esa ciudad, en la que vivió cinco años, fue donde comenzó a tomar contacto con la obra del gran Francisco de Sales, mediante las Hermanas de la Visitación de Bellecour, en cuyo convento había fallecido su fundador.

Mientras estaba de vacaciones en casa de sus padres, con los 17 años ya cumplidos, decidió ser jesuita. Por su temperamento reservado, un poco tímido y muy cariñoso, le costó separarse de su familia; aunque lo hizo de buena gana y por completo, al comprender que la verdadera felicidad consistía en la entrega a Dios por un amor exclusivo.

Escribiría más adelante: “Jesucristo ha prometido el ciento por uno y yo puedo decir que nunca he hecho nada que no haya recibido, no el ciento por uno, sino mil veces más de lo que yo había abandonado”.

Del noviciado al sacerdocio

Corría el año de 1658 cuando Claudio ingresó en el Noviciado de Avignon. Se alternarían aquí las pruebas y las alegrías, los períodos de aridez con los marcados por una luz desbordante. Dos años después hizo los primeros votos y, tras haber concluido el curso de Filosofía, se dedicó al magisterio en el colegio de la Compañía, conforme lo determinaban las reglas, antes de proseguir los estudios para el sacerdocio.

Por su gran capacidad intelectual, estro literario y manera de hacer los sermones, el superior general decidió enviarle a estudiar Teología, en 1666, al Colegio de Clermont, en París, donde se revelaría un eximio orador y excelente profesor de Retórica. Su mérito académico y el ejemplo puro de vida religiosa le valieron el cargo de preceptor de los hijos de Colbert, el famoso ministro de Finanzas de Luis XIV. De esta forma frecuentaría los ambientes de la corte, haciendo muchos amigos y dando muestras de poseer gran talento, fino trato y elevada educación, además de destacar por la convicción de principios y eximia virtud.

La “tercera probación”

El 6 de abril de 1669 recibió las sagradas órdenes y cinco años más tarde le tocó hacer lo que San Ignacio de Loyola denominaba de “escuela del afecto”.

La sabiduría del fundador bien entendía cómo los largos años de estudio, magisterio y apostolado podían ser para sus hijos espirituales motivo de disminución del fervor inicial, contaminado por aspiraciones mundanas, cuando no por sentimientos de vanagloria por los éxitos alcanzados. Por eso, estableció que todos los jesuitas pasasen por un nuevo período de noviciado, llamado “tercera probación”, antes de hacer la profesión solemne. En este tiempo, bajo la orientación paternal de un instructor, el religioso hacía balance de su vida, con el objetivo de desapegarse de cualquier preocupación humana para dejarse llevar enteramente por la luz divina.

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La casa San José, en Lyon, fue el sitio donde el P. Claudio atravesó por este período, durante el cual hizo un voto particular de cumplimiento eximio de las reglas del instituto, “sin reservas”, dispuesto a aceptar con alegría lo que determinase la santa obediencia y romper de una vez por todas las cadenas del amor propio. Al mismo tiempo se consolidó en su alma la confianza — también sin reservas— en la misericordia divina, sin la que le sería imposible mantenerse fiel a los propósitos hechos en pro de su propia santificación y de la de los otros.

Este tiempo de soledad y recogimiento le hizo que también se desapegara de cualquier relación humana, a la que era extremadamente sensible, para tener al Señor como único y verdadero amigo: “Jesús mío […] tengo la seguridad de ser amado si yo os amo. […] Por miserable que sea yo, no me quitará vuestra amistad ningún individuo más noble que yo, ni más cultivado ni más santo”.

Antes de que concluyera el tiempo reglamentario, fue admitido a realizar los votos solemnes, hechos cuando había cumplido los 34 años, el 2 de febrero de 1675. Inmediatamente después, recibió el cargo de superior de la casa de los jesuitas en Paray-le-Monial. Su alma se encontraba en el momento ideal para emprender la gran misión que le esperaba.

Tres corazones unidos para siempre

El padre La Colombière no sabía lo que encontraría en esa pequeña ciudad, pero sus superiores que estaban al tanto de las visiones de Sor Margarita María Alacoque y de las polémicas que habían generado, lo escogieron precisamente por causa de su equilibrio de alma. Era perfectamente capaz de sustentar el buen criterio ante las controversias creadas, dentro y fuera del convento.

De hecho, sin importarle las críticas y juicios desfavorables y ver enseguida la mano de Dios en las visiones de la Hna. Margarita María, la tranquilizó y apoyó, recibiendo como recompensa, mensajes y favores del divino Maestro.

Uno de ellos le ocurrió cuando estaba celebrando Misa para la comunidad. En el momento de la Consagración la religiosa vio al Sagrado Corazón de Jesús como una hoguera ardiente y otros dos corazones absortos en Él: el del padre La Colombière y el suyo propio, mientras oía estas palabras: “Así es como mi puro amor une a estos tres corazones para siempre. Esta unión está destinada a la gloria de mi Sagrado Corazón. Quiero que descubras sus tesoros, te hará conocer su valor y utilidad. Sed ambos como hermano y hermana, compartiendo igualmente los bienes espirituales”.

Se apresuró a transmitirle el hecho al sacerdote y después contó cual había sido su reacción: “Las muestras de humildad y las acciones de gracias con las que recibió esta comunicación y otras cosas que le transmití de parte de mi soberano Señor y que le afectaban a él, me conmovieron y me fueron más provechosas que todos los sermones que yo pudiera oír”.

He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres

Aunque su misión más alta fue la de participar, por designio de Jesús mismo, en la llamada “Gran Revelación” hecha a Santa Margarita María, un día de la Octava de Corpus Christi de 1675 cuando estaba rezando ante el Santísimo Sacramento: la difusión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, así como la institución de su fiesta y de la consagración reparadora.

Así transcribía la santa las célebres palabras pronunciadas por nuestro Señor, mientras le mostraba su divino Corazón: “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que no ha escatimado nada hasta agotarse y consumirse para manifestarles su amor; y en reconocimiento yo no recibo de la mayor parte sino ingratitudes, desprecios, irreverencias, sacrilegios y frialdades que tienen para conmigo en este Sacramento de amor. Y lo que es todavía más repugnante es que son corazones que me están consagrados”.

A continuación el Señor le pidió que el primer viernes después de la Octava de Corpus Christi fuese consagrado como fiesta especial para honrar a su Corazón, mediante un acto público de desagravio y comunión reparadora. Añadió la promesa formal de conceder copiosos favores espirituales a quien practicase dicha devoción.

La religiosa había alegado su indignidad e incapacidad para realizar esa misión y recibió esta respuesta: “Dirígete a mi siervo [el P. La Colombière] y dile de mi parte que haga todo lo posible para establecer esta devoción y dar ese gusto a mi divino Corazón, que no se desanime por las dificultades que encontrará, que no le faltarán; mas debe saber que es todopoderoso aquel que desconfía enteramente de sí mismo para confiar únicamente en mí”.

De manera que el viernes siguiente San Claudio, Santa Margarita y la comunidad de la Visitación de Paray-le- Monial celebraron por primera vez la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, consagrándose enteramente a Él.

Consumación del holocausto

Regresó a Francia a mediados de 1679, casi sin fuerzas. Después de recuperar un poco la salud, se dirigió al Colegio de la Santísima Trinidad, en Lyon, donde otrora había realizado sus primeros estudios, para asumir el cargo de director espiritual de los alumnos de Filosofía. Aunque físicamente desgastado, no dejó de propagar la devoción al divino Corazón, defendiéndola de los innumerables ataques e incomprensiones de la que era objeto.

En el invierno de 1681 regresaba a Paray-le-Monial, cuyo clima parecía que le resultaba un poco más benéfico. No obstante, en vista del intenso frío de aquella rigurosa estación, pensaron en trasladarlo a Vienne, donde estaría bajo el cuidado de su hermano, arcediano de aquella diócesis. Pero el superior de la casa le mandó que permaneciera, después de que a San Claudio le llegara una nota de Santa Margarita en la que figuraba el siguiente recado de su divino Amigo: “Me ha dicho que quiere sacrificar su vida aquí”.

El holocausto no tardaría mucho en ser consumado. El 15 de febrero de 1682, con tan sólo 41 años, Claudio La Colombière fue a encontrarse con Aquel de quien había sido siervo fiel y amigo perfecto en esta Tierra. Unas horas después de los funerales, Sor Margarita, cuyo corazón permanecía unido al suyo, en el Sagrado Corazón de Jesús, hacía esta recomendación a una amiga: “Deje ya de afligirse; invóquelo con toda confianza porque él puede socorrernos”.

Aún así, la gran misión de San Claudio sólo llegó a realizarse plenamente muchos años después: el 8 de mayo de 1928, cuando Pío XI elevó a la suprema categoría litúrgica la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús mediante la Encíclica Miserentissimus redemptor.

Un año más tarde, Claudio La Colombière sería beatificado por el mismo Papa. Y le correspondió a Juan Pablo II el honor de incluir, el 13 de mayo de 1992, en el catálogo de los santos el nombre de este sacerdote jesuita, tan amado por el divino Corazón de Jesús.

(Revista Heraldos del Evangelio, Fev/2011, n. 110, pag. 48 a 51)

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